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MIS RELATOS

FANTASÍAS CONTROLADAS

(Décimo octavo lugar Concurso Tierra de Leyendas VIII de Sedice.com)

           El sol se filtraba por entre la espesura.  El camino serpenteaba, girando, revolviéndose, sorteando arbustos, árboles gigantes y peñascos de formas extrañas.  Luego se sucedía un claro, y la melodía de un arroyo de agua espumeante.  Pero el camino seguía a través de la floresta en dirección del inmenso castillo cuya sombra ominosa parecía oscurecer el bosque entero.
            Rodrigo cabalgaba su regio corcel con la altivez de su noble origen.   No sentía ni temor ni dudas. Su objetivo era claro, su destino ineludible.  Y cuando trepó la colina sobre la que se asentaba el castillo, una poderosa emoción recorrió su alma entera.
            Las puertas del castillo eran pesadas, hechas con madera oscura, vieja. Nadie había pisado sus umbrales en más de cien años.  Y era poco probable que Rodrigo pudiera vencer la maldición que pesaba sobre ellas.
            Una voz conocida llegó hasta él justo en el momento en que el joven desmontaba.
            —Sopla, Rodrigo.
            El príncipe miró con enorme sorpresa al ser que se detenía a su lado.   Rodrigo era alto, hermoso, bien formado, pero se vio insignificante junto a la inmensa oscuridad del Lobo Feroz.  Sin embargo, eso no le impresionaba.
            —¿Soplar?— exclamó en cambio.
            —Sí— insistió el lobo, mirándolo con astucia— He derribado construcciones de madera antes con mi solo aliento.
            —¡Te concedo el honor!
            El Lobo parecía muy complacido. De inmediato, se puso en dos patas y comenzó a aspirar profundamente.  Luego, cual huracán surgiendo de sus propias fauces, soltó un poderoso soplido que derribó las viejas puertas del castillo.
            —¡Excelente!— exclamó Rodrigo, que corrió hacia su caballo y galopó decidido hacia el frente.
            El interior del castillo era aún más impresionante que su exterior.   La hiedra cubría los muros, el musgo crecía entre las rocas, la hierba invadía los pasillos, el puente y la explanada.  La imagen misma del abandono era más impactante que la oscuridad de la piedra.
            Sin embargo, Rodrigo no se detuvo a contemplar tal desolación.  Decidido avanzó sobre su montura, con los ojos fijos en la torre más alta, donde debía de yacer la hermosa princesa dormida.
            En el puente se encontró de pronto frente al Dragón.
            —¡Nadie osará cruzar este puente sin antes aceptar mi desafío!— exclamó la bestia.
            Rodrigo no se arredró ante la nueva amenaza.  Desenfundando su espada, apuntó hacia el Dragón dispuesto a presentar batalla.
            Pero el Hada Madrina tenía antes algo que decir.
            —¡No te corresponde guardar el sueño de esta princesa! ¡No intervengas!— exclamó la vieja dama, sentada en lo alto de una de las torres.
            El Dragón, por toda respuesta, lanzó sus llamas poderosas sobre príncipe y bestia.  Sin embargo, el joven se había visto envuelto en una gran burbuja cristalina que detuvo la acción de las llamas y que lo hizo elevarse hasta alcanzar la ventana de la torre más alta del castillo.
            Sin dudarlo, Rodrigo saltó al interior de la recámara y corrió hacia el lecho.  Éste se hallaba en el centro, rodeado de tapices adornados de flores y hadas sonrientes, sobre hermosas alfombras con diseños boscosos y bordes dorados.  Un espejo redondo, de fina montura, se hallaba colgado en uno de los muros.
            Y frente al espejo, una vieja bruja.
            Rodrigo apenas tuvo tiempo de reaccionar.  Corrió por la habitación, evitando los repentinos relámpagos estruendosos que salían de los dedos curveados de la bruja, la cual reía abiertamente.
            —¿Crees que te permitiré que la despiertes?— gritaba con voz cascada— ¡Yo siempre seré la mujer más bella del reino!
            Era improbable que el Espejo la declarara la mujer más bella del reino con aquel aspecto deplorable, pero Rodrigo no sería quien se lo dijera.  Antes era preciso huir de sus hechizos, evitar que lo regresaran a la horrible forma de un sapo asqueroso.
            Justo cuando se vio acorralado, con la bruja frente a él, el Lobo Feroz irrumpió en la habitación y de un salto se la comió entera.
            —¡Es el momento!— exclamó el Hada Madrina— ¡Despiértala!
            Rodrigo se acercó al lecho, donde yacía la hermosa princesa completamente dormida y con un gesto decidido, extrajo de su capa el fino zapatito de cristal y se lo colocó con gentileza en su pie derecho.
            La bella durmiente despertó entonces con una sonrisa y le tendió los brazos al joven.
            —¡Eres mi salvador, mi bello príncipe!
            —Y tú serás su esposa, Cenicienta— dijo el Hada Madrina, satisfecha.
            Rodrigo sonrió complacido y a punto estuvo de besarla, cuando un timbre electrónico sonó en algún lugar fuera del castillo con estridencia impactante.
            Entonces, Rodrigo despertó.
            Era frustrante regresar a la realidad de golpe. Contemplar su habitación, impecablemente ordenada, saber que eran las seis y debía prepararse para ir a la oficina.   Su esposa, una mujer baja y regordeta, de unos seis años menor que él, lo saludó desde la puerta del dormitorio y le avisó que su desayuno estaba listo.
            Rodrigo se miró en el espejo.  Pequeño, calvo, un vientre abultado por los años y las comidas excesivas, no era ni con mucho parecido a su visión nocturna.  Lo sabía y no lo lamentaba.  En realidad, no podía quejarse.  Había disfrutado una noche entera de sueño reparador y debía estar agradecido.
            —¿Sabes que estas nuevas píldoras de Fantasías Controladas están mejores que las otras?— le comentó a su mujer unos minutos más tarde, cuando ambos se sentaban a la mesa.
            —¿De veras?  Las otras te servían mucho.
            —Sí, claro, sí.  Pero estas son más activas, más… fantasiosas, creo.  ¿Sabes que soñé con princesas, torres, un lobo feroz, y hasta un… dragón, creo que se llamaba?
            —¿Qué es todo eso?
            —Ni idea.  Estaba muy interesante.
            —Entonces tomaré de esas píldoras.  Mis fantasías fueron muy aburridas.
            Al cabo de una hora, Rodrigo salió de su casa en dirección de la estación del metro, descansado y feliz.  Su casa blanca, de una planta, era exactamente igual a las otras miles de casas de la ciudad.   La vieja urbe había alcanzado la perfección del orden y la paz, asegurándose de que cada ser humano dispusiera de un techo seguro, un trabajo apropiado y se desenvolviera dentro de un orden impecable. Sin emociones violentas, ni desvaríos intelectuales, había logrado fundar una nueva vida alejada de los conflictos del pasado.  Y previendo las depresiones, distribuía píldoras para dormir con aditamentos especiales: sueños placenteros, llamados Fantasías Controladas.
            En el metro, mientras Rodrigo se acomodaba en su asiento favorito, otros dormitaban o tal vez charlaban sobre las nuevas Fantasías Controladas que el Departamento de Salud había distribuido entre la población.  Todos las consideraban mejoradas, pero Rodrigo notó que ninguno mencionaba a la princesa o al lobo feroz.  Daba igual.  Estaba seguro de su propia mente había jugado con él, lo cual importaba poco si igual disponía de un sueño reparador.   

            —¿Hasta cuándo tendremos que hacer este ridículo?— preguntó entonces Cenicienta, torciendo el gesto, mientras los otros seres de fantasía se reunían en el claro del bosque.
            —Tanto como sea necesario— dijo el Lobo Feroz, fumando tranquilamente en el borde del claro.
            —La próxima vez yo quiero ser la princesa— dijo entonces Blanca Nieves.
            —Tendrás tu oportunidad— dijo el Hada Madrina, sonriendo— Creo que nuestro hombre está fascinado.  Nos permitirá volver esta noche y las que vendrán.
            —Por fin encontramos a alguien así, pero no me gusta el ridículo— se quejó Cenicienta de nuevo— Antes, cuando existían los libros, teníamos una vida con sentido.
            —¿Existíamos fuera de los sueños?— preguntó con asombro el Dragón, pero nadie le hizo caso.
            —No importa el ridículo ni importa si eres la bruja la próxima vez— le dijo el Lobo Feroz en tono calmoso, prevaleciendo sobre los demás, como siempre lo hacía— La fantasía desapareció de la vida de los hombres hace mucho tiempo y hemos estado apenas respirando en el borde de la Nada.  Este hombre, sin embargo, nos permitió regresar y  nos permitirá cumplir nuestra meta esencial.
            Los demás lo miraron inquisitivos.
            —Sobrevivir— sonrió el Lobo, dando una nueva bocanada a su aromático cigarro. 

Temas: Sueños- Supervivencia.

"Fantasías Controladas" por Laura Quijano Vincenzi está licenciada bajo la licencia Reconocimiento—Sin obras derivadas 3.0 España de Creative Commons. 

Este relato obtuvo un 18vo. lugar en el concurso Tierra de Leyendas VIII del portal Sedice.com, bajo el seudónimo-nick "ChicaAcuario":   

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