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MIS RELATOS

LA CASA IDEAL

(I parte)

            El firmamento oscurecido se extendía con impresionante belleza sobre los extensos campos cultivados de la región, sin que la mínima huella de una montaña alterara la línea perfecta del horizonte.   La carretera se deslizaba sin pausas ni recovecos, recta, ancha y vacía, y tendía a crear un efecto hipnótico sobre el conductor solitario que de cuando en cuando la transitaba.  Ni siquiera el viento perturbaba la calma perfecta de un anochecer cálido y hasta los sonidos permanecían en suspenso.

            Miguel conducía su auto sintiendo la creciente sensación de que había errado el camino horas atrás y de que tendría que pasar la noche a la vera de la carretera o en descampado.  Tal idea no lo seducía, ni mucho menos la de tener que regresarse, a saber cuántos kilométros en dirección contraria, hasta tropezar con la única bifurcación que recordaba en horas.   Ni un alma se veía a muchas millas a la redonda y su auto casi parecía flotar en medio de la nada.

            La región no terminaba de gustarle. Después de todo, no había montañas o colinas, o bosques o parques, ni siquiera una pobre aldea perdida en los mapas.  No estaba cerca del mar tampoco, por lo que la vista de una inmensa sábana de agua calma tampoco lo sorprendería de un momento a otro.  Sólo aquella vasta llanura, vasta y monótona.

            De pronto, el sonido inconfundible del estallido de una llanta acompañó lúgubremente a la correspondiente sacudida y la imprecación que se escapó de los labios de Miguel en medio de la más absoluta frustración. Un maldito pinchazo. Y él solo, en medio de la nada, sin vislumbres de encontrar el camino correcto.

            Decepcionado con el inesperado contratiempo, detuvo el auto, y se bajó casi pateando las piedras.  Sí, claro. Un pinchazo ingrato. Tendría que cambiar la llanta aparatosamente ahí en medio camino.  Lo único bueno de todo el asunto era que con aquella soledad no habría peligro de que algún loco de esos que abundan en carreteras importantes se le echara encima sin avisar.  De todas maneras, sin embargo, y como costumbre muy arraigada en él, sacó de la cajuela de su auto los triángulos naranja brillante que siempre portaba y los colocó a unos metros del auto.  Luego, y con resignación digna de fraile, se dispuso a realizar el obligado cambio de llanta.

            Tenía tal vez unos cuantos minutos de haber colocado la gata y de haber iniciado el enojoso proceso, cuando el sonido inconfundible de otra máquina automotor se acercó a él por detrás.   Miguel, frunciendo el ceño extrañado, levantó la mirada y descubrió justo a su lado, la silueta inconfundible de una vieja camioneta blanca, que se había detenido a pocos pasos de él.  En el acto, el joven se incorporó y miró sorprendido cómo un hombre bajo y regordete, de sonrisa amistosa, se acercaba a él con la mano extendida.   Parecía sacado de un cuento de los años cuarenta.  Hasta el sombrero le sentaba bien.

            Sonriendo por lo bajo y pensando en lo mucho que se le parecía a su abuelo, Miguel extendió también la mano y lo saludó apropiadamente. ¡Qué voz tan agradable tenía y que amable se mostró!   En pocos instantes, lo ayudó con el cambio de la llanta, charló amigablemente acerca de los contratiempos inesperados que atrasaban los viajes y le comentó orgulloso que su vieja camioneta era tan vieja como el campo cultivado pero tan buena que nunca se descomponía.  Miguel atendió aquella charla cómodamente y sin molestarse, y cuando se dio cuenta ya le estaba comentando porqué se hallaba tan lejos de la civilización.

-¿Buscando casa?- se extrañó el viejo, sonriendo divertido- ¿Aquí?  ¡Debería usted irse hasta el pueblo!  Es muy pintoresco y lleno de comodidades modernas.   Venden casas también y todo eso.
-Sí, supongo- dijo Miguel pesarosamente- pero creo que me perdí.  No tengo idea de qué pueblo me habla ni en qué dirección se halla.

            El viejo señaló hacia atrás, en dirección hacia la zona que ya Miguel había dejado horas antes.  Miguel asintió de nuevo pesaroso.

-Sí- convino- Supongo que sí. Creo que tomé un camino errado y me equivoqué por mucho.
-Mire, joven, no se amilane- le dijo el anciano sonriendo amistoso- Cerca de aquí, aunque no lo parezca, vivimos mi esposa y yo.  Estamos viejos, nuestros hijos partieron hace tiempo, pero la paz que disfrutamos es inmejorable.  Venga con nosotros, pase la noche y descanse, que mañana todo será más fácil. Podrá regresar tranquilamente y retomar la ruta correcta. Mire que lo que busca no es cosa pequeña. ¡Una casa! ¿Para una mujer será?

            Y sonrió malicioso y a la vez pícaro, haciendo que Miguel se sintiera muy cómodo y divertido.

-Pues, sí, claro- dijo- Es para mi esposa, Sara.  Y para mí, claro. Acabamos te tener nuestro primer hijo y le prometí que cuando volviéramos de casa de su madre no regresaríamos al horroroso apartamento que ocupamos desde hace cinco años. Creo que fanfarroneé bastante y ahora me encuentro en una posición ridícula.
-Vamos, no se reprenda usted, joven- le dijo el viejo sonriendo- Vamos a casa.  Tal vez le guste.  Es una casa magnífica, sepa usted.  Ah, por cierto, mi nombre es Raúl Vega, para servirle.

            Miguel le dio también su propio nombre completo y muy animoso, montó en su auto y siguió al anciano por una estrecha vereda que se adentraba en el campo y en la que no habría reparado si su guía no la hubiera utilizado.
Hermosa noche.  ¡Y él que había jurado que no encontraría un alma a muchas millas a la redonda!

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