LA ESTRELLA
Se hizo el silencio en el claro del bosque. La
brisa nocturna acariciaba las copas de los árboles circundantes, mientras se oían
algunos aullidos lejanos. Las mujeres, sin prestar atención a la noche, contemplaban la
inmensa hoguera con ojos perdidos, navegando en mares de recuerdo o tan sólo en alguna
idea repentina. Ninguna parecía dispuesta a tomar la palabra.
De pronto, la bruja,
con su sonrisa fina y su intensa mirada oscura, se inclinó hacia delante y alimentó el
fuego con algunas ramas secas, provenientes de especies arbóreas desconocidas para las
demás, que esparcieron al instante un aroma dulzón, espeso. Las jóvenes parpadearon, se
sacudieron, como despertando de un ensueño. Una de ellas, la más joven quizá, sonrió
con tristeza y lanzó una ramita oscura al fuego.
No guardo
una historia espectacular ni emotiva dijo con acento profundo, rico en matices, y
voz hermosa ni mi memoria alcanza eras insospechadas. Soy tan humana y común como
la mayoría de los habitantes de Bel Dairak y no creo que os interese escuchar aventura
tan insípida después de escuchar relatos tan impresionantes
Ninguna historia
es pequeña o grande, Yvaine dijo la bruja, sonriendo, mientras las arrugas de su
frente se plegaban aún más, si es que era posible Nos hemos reunido aquí para
escuchar cada una.
Las otras murmuraron,
conviniendo con las palabras de la anciana, mientras le sonreían a Yvaine para que diera
inicio a su relato. Ella, echando hacia atrás sus largos cabellos negros, esparcidos
sobre su espalda como una cascada abundante, suspiró con extraña resignación y
asintió.
Mi historia
comienza muy lejos de los caminos de Bel Dairak, la más hermosa de las ciudades del
Imperio, en la costa oscura, donde reinan los hielos y los salvajes cazadores de bestias
gigantes.
El silencio era
abrumador. Ni el viento ni los aullidos lejanos desviaban la atención que aquellas seis
mujeres le prestaban a la joven Yvaine. Ésta mantenía, en cambio, la mirada perdida,
situada muy lejos, en el tiempo y en el espacio.
Nací gracias a un accidente. Mi madre había tomado mucho vodka con uno de
sus clientes usuales y olvidó tomar su té de hierbas blancas, el que las prostitutas de
la tundra usan para evitar embarazos, por lo que unos quince días después del incidente,
supo que yo venía en camino. Aunque quiso abortar, por serle una carga, la señora Baroq,
que administraba por entonces el burdel, la convenció de lo contrario. Siempre son
tiempos difíciles en el norte. Si venía un chico, tendría un nuevo peón y quizá un
guardia. Si venía una chica, una nueva ramera que ofrecer a la clientela. Mi madre no
dejó de trabajar durante la gestación y sólo se detuvo la semana en que parió y la
siguiente, pues el exceso de sangre molestaba a los clientes.
Me crió una anciana
sirvienta de la señora Baroq, con el uso de su vara y sus horribles tónicos, la cual no
me inspiraba cariño ni devoción. Sin embargo, en virtud de algún oscuro pasado, sabía
leer muy bien y tenía conocimientos medicinales, que me transmitió hasta su muerte, unos
diez años después. Mi madre, en cambio, murió dos años después de darme a luz. Cayó
en un agujero de hielo junto con un cliente. Ambos estaban ebrios, así que supongo que ni
habrán notado que murieron. En todo caso, su pérdida no significó diferencia para mí y
continué viviendo la misma rutina hasta que alcancé los trece años, edad en la que las
rameras de Baroq se iniciaban en el oficio.
Mis clientes no fueron
especiales. Marinos, comerciantes, soldados regulares, campesinos en días de fiesta,
viajeros ocasionales. No ganaba mucho, pero tenía techo y comida caliente, así que me
abstuve de aventuras hasta hace un año, cuando la desgracia alcanzó el pueblo en forma
de hambruna y Baroq tuvo que cerrar el burdel.
Abandonamos el pueblo y
acudimos a Bel Drai, el puerto más norteño del Imperio. Estaba inundado de campesinos
hambrientos, de suciedad y de muerte y nadie pudo ni quiso ayudarnos.
Baroq murió en la calle,
víctima de la fiebre. Las prostitutas más viejas abordaron algunos de los barcos y yo di
con mis huesos en una taberna que aún ofrecía algún aguardiente a los pocos clientes
que se atrevían a gastarse su dinero en él. Allí conocí a Gardún, capitán de una
tropa de guardias imperiales que hacían ronda por la ciudad y que se disponía a regresar
a Bel Daraik en los días siguientes.
Muriéndome de frío y
hambre, acepté que me pagara tan sólo un serstio, cuando la tarifa usual había sido de
diez en los mejores días del burdel de Baroq, pero después de usarme sin arte ni
delicadeza, se negó a pagarme cualquier cosa y me echó a la calle en medio de una
maldita ventisca. Aterida, no sabiendo qué hacer, dormí esa noche en un callejón y
rogué porque un Hacedor de Hechizos perdiera una estrella.
Al día siguiente, Gardún se
presentó ante mí y me tomó del pelo. Era tan grande, que me elevó por los aires como
si fuera de papel y aún así no levantó mucho su brazo. A mí me dolió, pero
rápidamente me puse en pie y él me soltó, sonriéndome con esa desagradable mueca que
siempre le odié. Me dijo que estaba dispuesto a alimentarme, pero que yo debía ser su
puta desde Bel Drai hasta Bel Daraik sin protestar, y si me portaba bien,
quizá me dejaría algunos serstios a la llegada a la capital. No teniendo opciones,
acepté. Y así inicié mi viaje.
Gardún lideraba una tropa de
veinte hombres, todos brutos y desagradables. Para mi fortuna, contaban con sus propias
rameras y viéndome tan escuálida, ni me prestaron atención. Más que soldados,
parecían mercenarios, pero me abstuve de hacérselos notar, pues siempre se vanagloriaban
de pertenecer al mejor escuadrón del Imperio. Gardún cabalgaba en un inmenso
caballo de guerra, al igual que dos de sus hombres de confianza, mientras los demás se
cuidaban de dos carros de suministros y de sus alforjas. Luego de un par de días, supe
que eran suministros regulares de las tropas citadinas y deduje que serían soldados
degradados, destinados a alimentar a las guardias regulares durante el invierno. Dicha
práctica es propia sólo del norte, donde escasean las provisiones regulares en los meses
fríos, y por primera vez me pregunté si vería con mis propios ojos las torres de Bel
Dairak.
¡No te des
prisa! me dijo Gardún en alguna ocasión ¡Que iremos a la capital, es un
hecho!
Y se reía. Me sentía
defraudada. El invierno pasaba, nosotros dábamos vueltas entre ciudades norteñas y yo no
veía aparecer el camino de Bel Dairak en mi horizonte. Entretanto, el bruto de Gardún me
usaba noche tras noche y día tras día me hacía caminar más que a una mula de carga,
pues también le entró el capricho de que llevara sus alforjas y sus tesoros.
Éstos no eran más que basura: una espada sin filo, un collar de cuentas de vidrio y un
libro viejo, donde supuestamente debía registrar sus suministros, aunque hasta entonces
permanecía vacío.
Una noche helada
tuvimos que armar nuestro campamento en las afueras de Bel Drosey. Tras una disputa con el
capitán de la guardia citadina, Gardún había decidido que nos ubicaríamos en un
bosquecillo cercano. Yo estaba convencida de que habría estado jugando cartas y habría
perdido. Si no había querido pagar, con justicia el capitán lo habría echado de la
ciudad, pero no era un asunto que él fuera a discutir conmigo. Para mi suerte, estaba tan
borracho que se olvidó de mí esa noche y yo pude respirar tranquila lejos de su tienda.
Hacía tanto frío que
podía sentirlo en mi piel y en mis huesos. Miraba el firmamento, pensando en los
Hacedores y sus estrellas, además del destino, cuando de pronto una estrella fugaz surcó
el cielo y un luminoso objeto cayó en medio del campamento, con gran estruendo y luz
brillante.
Los soldados gritaron,
las mujeres los siguieron y el alboroto despertó a Gardún, que de inmediato se presentó
en medio de todos, acercándose al objeto. Corrí hasta mezclarme entre quienes miraban
sobrecogidos aquel prodigio y pude ver la hermosa piedra azulada que Gardún tomaba con
gran cuidado y miraba con ojos asombrados.
Una
estrella murmuró alguien La estrella de un Hacedor
¡Era bellísima! Sin dudarlo, Gardún la tomó para sí y nadie
lo objetó.
Vale una
fortuna le dije, cuando entré en la tienda tras él. Se hallaba muy ocupado
engarzando la estrella en su collar de cuentas.
Sí
dijo él Y no es para putas. Olvídate de ella.
No guardó el collar
con los tesoros, antes bien lo depositó en su bolsillo, junto con la estrella. No la
olvidé. Estaba segura de que cambiaría mi suerte.
Al día siguiente,
Gardún fue a la ciudad para entrevistarse con el capitán de la guardia. Yo iba en la
partida, después de mucho rogarle, y presencié la entrevista. Era como había supuesto:
le debía una cantidad exorbitante de dinero, más de lo que podría reunir en un año,
pero el capitán quedó tan impresionado con la estrella que Gardún le
enseñó con grandes misterios que la aceptó como pago de la deuda y aún prometió
pagarle un adicional. Sin embargo, mi jefe no le entregaría la estrella si no veía el
dinero primero, por lo que regresamos al campamento, estrella incluida.
Gardún estaba de tan
buen humor que me atreví a preguntarle si me llevaría a Bel Dairak después de eso. Él
se carcajeó y me mandó a la cama de un bofetón.
¿Bel Dairak?
gritó ¡Sí que iré, pero no botaré mi fortuna contigo, ramera estúpida!
No repliqué, deseando que en
efecto me olvidara, pero aún tuve que soportarlo toda la noche, mientras hacía planes
con el dinero que debería pagarle el capitán.
En la mañana, el capitán se
presentó acompañado de su tropa. Traía el dinero en un pequeño cofre, pero exigió ver
la estrella de inmediato. Era un hombre grande, musculoso, de movimientos ágiles.
Calculé que se mantenía en forma imponiendo disciplina en la ciudad. Y eso me agradó.
Gardún lo recibió confiado,
y con grandes aspavientos, extrajo el collar de cuentas de su bolsillo, pero la estrella
había desaparecido.
¡La furia del capitán fue
indescriptible! Gardún, a su vez, perturbado, confuso, nos gritó furioso, inquiriendo
por la estrella, pero nadie la había visto y era evidente que no aparecería en aquel
momento.
¡Me has mentido!
gritaba el capitán ¡Me las pagarás!
La refriega fue descomunal.
El hombre iracundo se abalanzó sobre Gardún, que de inmediato se defendió. En menos de
un segundo, el campamento entero era un campo de batalla feroz, las mujeres huían en
todas direcciones, mientras los hombres luchaban con espadas y varas. Yo, sin pensarlo dos
veces, corrí frenéticamente hasta el caballo de guerra de Gardún, lo monté y salí en
estampida hacia la ciudad.
Nadie me prestó atención.
Tuve el tino de tomar algunas de las monedas del cofre, que se había caído en la
refriega, lo que me permitió pagar un humilde pasaje en uno de los primeros barcos
mercantes que salían del puerto hacia Bel Dairak. Para cuando Gardún notara mi ausencia,
si sobrevivía, yo ya estaría en el mar.
Bel Dairak supuso un cambio
de suerte. Al llegar me empleé en la fonda de Sirina y comencé una vida más sosegada,
lejos de tabernas y burdeles, y de tipos rudos como Gardún. Y aquí estoy.
Hubo un silencio, mientras el viento agitaba las copas de los árboles. Las
jóvenes contemplaban el fuego, repasando mentalmente los hechos narrados por Yvaine. De
pronto, la bruja se volvió hacia ella.
¿Qué hiciste
con la estrella?
Yvaine enarcó las cejas,
pero luego sonrió.
Siempre la llevo
conmigo dijo, sacando de entre sus senos una piedra azulada de singular belleza, que
pendía de una fina cadena Me da suerte.
La bruja asintió. Era, después de todo, una joven prudente.
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