MOMENTO CRUCIAL
(Décimo tercer lugar Concurso Tierra de Leyendas VII
de Sedice.com)
La compañía de
robótica de Martín Oliveira se había granjeado una merecida fama de calidad aún antes
de la creación de su modelo AR-2090, pero su fundador estaba consciente de que éste
último había marcado un hito definitivo. Los periodistas, los científicos, los
industriales y los millones de televidentes involucrados en la presentación ahogaron una
exclamación de asombro al contemplarlo. El primer androide de revestimiento
orgánico completamente igual a un ser humano, desde el simple gesto de una sonrisa hasta
su andar elegante.
Inauguramos la última década del siglo XXI con un perfecto robot humanoide
exclamaba una de las más populares presentadoras de noticias ¡Pero la maravilla no
se limita al exterior!
Oliveira, hombre grande de maneras nerviosas y mostacho espectacular, rebosaba
complacencia. Explicó con detalle las habilidades del AR-2090, desde su
competencia para el desarrollo de tareas complejas del ámbito financiero hasta los más
finos cálculos de la ingeniería. Podía prever implicaciones legales,
consecuencias económicas y hasta sociales. Su poderosa capacidad de almacenamiento de
datos combinada con una velocidad insuperable en análisis de dichos datos lo convertían
en el asesor ideal. También era compatible con tareas complejas de diseño,
organización y combinaciones creativas, así como trato con el público, y otro
sinnúmero de aplicaciones que sólo encontraban su límite en la imaginación de su
dueño.
¿Es discreto? preguntó un industrial.
Oliveira sonrió ante la pregunta.
Callado como una tumba, si no desea que hable contestó ¡Una ventaja
con respecto a casi cualquier asistente!
Todos
rieron, incluso los asistentes humanos, únicos que serían desplazados por semejante
portento.
No tiene defectos dijo una ingeniera en tono asombrado.
No, señora contestó Oliveira Sólo el tiempo dirá cuáles pueden ser.
Horas
después, la ingeniera llegó a pensar que, a pesar de que el robot podía expresarse en
unos seiscientos idiomas, según rezaba el prospecto, no había dicho ni media palabra en
toda la presentación.
Oliveira en realidad no precisaba de charla alguna. Aparte de su propia voz,
detestaba los otros sonidos y estaba encantado con un robot tan preciso y tan
silencioso. Los otros androides comunes siempre le recetaban listas de
recomendaciones no pedidas, tan sólo porque estaba en sus programas el que intervinieran
si parecía que el amo humano lo requería. Oliveira se había encargado de borrar
tan odioso precepto de la programación específica del AR-2090 y el resultado le era
satisfactorio.
La
popularidad del AR-2090 fue instantánea. Miles de ejemplares fueron vendidos en pocos
días, millones en el transcurso de los siguientes meses. Inundó la Tierra, viajó
al espacio y aún se le recibió en cada estación espacial esparcida por el Sistema
Solar. Hubo mejoras y añadidos posteriores. Gracias a su éxito, la gran fortuna de
Oliveira se incrementó aún más y le permitió expandir sus ambiciones.
Entretanto, el prototipo se quedó al lado de su creador. Éste lo llamaba Silente,
pues de hecho, nunca le pedía que hablara o le remitiera informes orales. Siempre hacía
que desplegara la información requerida en imágenes tridimensionales o en comunicados a
su propia computadora central. Los informes, los esperaba por escrito. Al atardecer,
cuando Silente traía su café, se quedaba de pie, al lado de la puerta, sin emitir sonido
alguno, mientras el amo se sumergía plácidamente en sus propios pensamientos. La
vida laboral era así, perfecta.
Industrias Oliveira prosperaron, se diversificaron, invadieron mercados, se hicieron
inmensamente poderosas.
El tiempo es un aliado dijo el gran hombre una mañana, cuarenta años más
tarde, mientras su nieto escuchaba atento No apures las cosas y escucha siempre tus
pensamientos.
Y a Silente también, claro añadió el joven, Julián Oliveira, mientras el
impasible robot les servía el desayuno.
La mejor respuesta de Silente es su silencio dijo el viejo en tono serio.
¿No le pides respuestas habladas, abuelo?
No, ¿para qué?
¿No sería bueno ejercitar sus sistemas de sonido?
Se automantienen. No necesitan ejercicios inútiles.
Entiendo. ¿Y no temes que el tiempo se te quede corto?
No el viejo sonrió Se vive en uno y en sus descendientes. Yo, por
ejemplo, vivo en ti. Y tú también sobrevivirás en tus hijos.
El
joven sonrió, pues compartía su visión. Luego, aprendió a tratar a Silente tal
como el viejo lo había entrenado desde su creación. Comprobó la delicia de
trabajar a su lado. La vida fluía, sin discusiones odiosas, sin comentarios
absurdos, sin disquisiciones inútiles. El silencio del androide era un bálsamo
para el discurrir de las ideas, un descanso del mundanal ruido.
Julián
Oliveira heredó la corpulencia del abuelo, su propensión a los mostachos y su olfato
para los negocios. Heredó también un conglomerado y un robot. Para entonces
existían los AS-2116, o los AT-2120, pero él prefería al viejo Silente. Su
ancianidad no se notaba, sus funciones permanecían intactas, ¿para qué cambiarlo?
Complacido, comprobó que su abuelo había tenido razón, tanto con respecto al
androide, como con respecto al tiempo.
Al morir, el
conglomerado era ya un imperio. Silente pasó entonces a manos del nuevo emperador,
el ilustre Ernesto Oliveira, nieto del poderoso Julián, tataranieto del fundador mítico.
Era grande también, y pesado, asimismo, creativo, innovador y ambicioso.
Desarrolló nuevas líneas, fundó más empresas, conquistó el Sistema y estaba dispuesto
a expandirse por la galaxia. En las puertas del siglo XXIII, sus robots habían
conquistado cada nivel del desarrollo humano a límites sobrecogedores y eran la
vanguardia de la conquista del espacio. ¿Podría el abuelo haber estado más
orgulloso?
Ernesto Oliveira
reinventó la robótica y la tecnología espacial, frente a los ojos impasibles de
Silente, que no era ya tenido en cuenta. Seguía siendo preciso, sus imágenes,
nítidas, pero los procesadores de los nuevos robots eran millones de veces más poderosos
que los suyos y sus gestos humanos, cuando se trataba de otros androides, todavía más
perfectos. Ernesto lo mantenía consigo más por tradición familiar que por
necesidad. Pensaba que su silenciosa presencia le servía de inspiración y buena
suerte.
¿No
habla? preguntó alguna vez el hijo de algún familiar lejano.
Supongo que
sí dijo entonces Ernesto, muy ocupado en sus planos como para molestarse por el
androide Ahora necesito silencio para pensar. Anda, vé a jugar.
El niño se fue y
Silente continuó de pie en su rincón, mientras Ernesto desarrollaba su nuevo proyecto.
Tiempo murmuraba el hombre El tiempo me favorece. No apuraré las
cosas. El tiempo es un aliado poderoso.
Silente no dijo
nada, por supuesto. Como era de prever, el magnate tuvo razón, y diez años más
tarde la primera estación privada Oliveira conquistaba un planeta más allá del Sistema
Solar.
Para entonces,
Ernesto usaba implantes especiales para mover sus piernas. No tenía descendientes,
pues había preferido extender su vida en vez de vivir a través de otros.
Consideraba el tiempo un aliado personal, más que de la familia o de un proyecto. Cuando
así discurría, no había quien lo rebatiese, pues Silente guardaba, naturalmente,
silencio.
Orgulloso,
asistió a la inauguración de su estación, acompañado del robot y sus socios.
Fue un éxito. La estación era enorme, servía con fines científicos, pero
si todo seguía bien, en treinta años podría albergar civiles. Ernesto recorrió
los pasillos, examinó los laboratorios, observó los instrumentos. Se sentía
feliz.
Lo haré
mejor decía, caminando por la planta de energía, acompañado de Silente.
Había ordenado que lo dejasen solo, pues ansiaba disfrutar su creación en paz.
Andaba despacio entre los inmensos generadores, apoyado en el barandal metálico para
bajar los escalones, seguido del silencioso robot El tiempo sobra
En aquel momento,
se tropezó. Fue un instante, menos de un segundo. Perdiendo el equilibrio,
cayó al vacío, mientras Silente intentaba sujetarlo, en vano. Un hombre tan pesado fue
mucho para el viejo robot que siguió su carrera hacia abajo. Quiso la suerte, sin
embargo, que quedaran enganchados de una de las mallas que rodeaban los generadores,
Ernesto cabeza abajo, Silente atravesado.
Ayu
da-
susurró el hombre, maltrecho Pi
de ayu
da
Silente asintió. Su
cerebro, como hacía mucho tiempo no lo hacía, intentó entonces establecer comunicación
con la computadora de la fábrica. Pedir auxilio. Pero fue imposible. No
entendía a aquella extraña computadora, que parecía hablar otro lenguaje. Ni era
posible que ésta siquiera pudiera conectarse a un robot tan antiguo.
Abrió entonces la boca,
activó su sistema de sonido. Pero tan sólo emergió un ronco gemido casi
inaudible. El sistema parecía descompuesto. Lo volvió a intentar. En vano.
Otra vez. Sin fruto.
¿No
no sirve
tu
tu voz? susurró Ernesto a punto de desmayarse.
¿Habría funcionado alguna vez?, se preguntó de pronto. La ironía lo hizo
sonreír, justo antes de caer en la inconsciencia.
Silente, sin embargo,
continuó intentando. Debía conseguir ayuda. Su amo moriría si no lo
atendían. Quiso llamar otra vez, y otra, y otra. El tiempo transcurrió impasible.
Finalmente, el robot logró emitir una llamada, distorsionada, apenas descifrable, que fue
atendida por los funcionarios de la planta.
Desgraciadamente, el tiempo no había sido, por una vez, aliado de un Oliveira.
Tenía una fractura
difícil murmuró el médico con voz contrita Si hubiéramos llegado
antes
Qué pena dijo uno de
los socios Sólo llevaba a Silente. Y no habla.
Olvidaron al robot, en un rincón.
No importaba ya. El silencio lo envolvió una vez más, ahora para siempre, pues
para él, el tiempo también había acabado.
Temas escogidos: Silencio - Tiempo
FIN
Este relato obtuvo un 13er. lugar en el concurso Tierra de Leyendas
VII del portal Sedice.com, bajo el seudónimo-nick "ChicaAcuario":
Bases del concurso
Resultados del concurso
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