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MIS RELATOS

PREPARATIVOS DE VIAJE

 
           
El viejo Adolfo Martínez se echó una risita cascada y chirriante mientras colocaba los últimos papeles en su porta documentos. Éste tenía al menos unos 40 años de servirle de transporte de papelería y aunque desgastado y raído por el tiempo, funcionaba todavía a la perfección, en opinión al menos de Martínez.  El anciano mismo ofrecía un aspecto desgastado y raído también, con una calva brillante, una boca desdentada y tantas arrugas como un elefante.  Su ropa cumplía ya unas dos décadas de cubrir su cuerpecillo encogido y aún podía perdurarle un poco más.  Y de todas maneras, ¿para qué querría ahora ropa nueva?
            Su casa era estrecha, provista sólo con los muebles más esenciales y la única que cuidaba de él era una anciana criada, olvidada por su familia y que no tenía más misión en la vida que velar por las escasas necesidades de un viejo avaro.
            Avaro, sí. Eso era.   Porque Martínez poseía en verdad una fortuna inmensa, amasada a lo largo de años de gestión de sus negocios prósperos y múltiples, pero su verdadero placer era observar cómo se engrosaban sus cuentas bancarias y descubrir de qué otra manera podía evitar gastar un centavo en asuntos “superfluos”.
-Me voy- le anunció a la anciana sirvienta.  Ésta apenas levantó la vista y no le dio importancia.  Martínez tampoco se la dio. Se sentía muy satisfecho ese día, pues había realizado algunos preparativos importantes de viaje, uno muy particular que había planeado hacía tiempo.
            La calle lo recibió con la alegría de la Navidad. Las luces adornaban las ventanas de las casas, los puestos de frutas y adornos navideños se multiplicaban y se podía oír los villancicos que se ensayaban en la iglesia, no muy lejos de allí. Sin embargo, cual moderno Scrooge, a dos días de aquella importante fecha, Martínez tan sólo se encogía de hombros y pensaba estremecido en los excesivos gastos en que incurrían las familias de la ciudad por aquella “tontería”.
            Allí estaban, por ejemplo, los Clove, que vivían al otro lado de la calle. Extraño apellido. Cada vez que pensaba en él, Martínez se reía burlonamente.  Era una familia numerosa: siete niños, el padre y la madre.  Pero desgraciada.  Sólo aquel año, el padre había contraído una enfermedad degenerativa, había perdido el empleo y había perdido a su propio padre en un accidente.  La esposa no había hallado trabajo, los chicos apenas habían podido asistir a la escuela y el menor estaba enfermo continuamente.   Las cuentas de hospital debían de ser muy altas y conseguir comida tenía que costarles un sacrificio indecible.  Y sin embargo, ahí estaban. ¡Estúpidamente decorando una rama de ciprés al lado de la puerta principal! (pues de seguro no tendrían dinero para un verdadero árbol de Navidad).
-¡Mire, don Adolfo! ¡Ya tenemos un árbol!- gritaron tres de los niños Clove mientras le mostraban algunos de los adornos que se disponían a colgarle.  La puerta de la casita estaba abierta y era muy fácil mirar la sala completa.  Martínez sonrió desdeñoso.
-Un árbol, ¿eh?- dijo con su voz de viejo burlón- ¿Y qué hacen? ¿Le piden a Santa Claus o al Niño Dios algún milagro navideño?
            Los niños lo miraron sin comprender.
-No- dijo la chica mayor, que no tendría más de 10 años- Sólo pedimos un regalo. ¿Usted pide milagros?
-No necesito milagros, pequeña- le dijo el viejo sonriendo, mientras se alejaba- ¡Yo me los fabrico solo!
            Aún se reía de “los niños Clove” cuando llegó a la calle de su banco. ¡Un regalo! ¡Si apenas tenían para vivir! ¡Qué estúpida manera de vivir la vida!
Él, por su parte, se sentía muy orgulloso de sus planes inmediatos. Sabía por su médico que su corazón no aguantaría un tercer infarto y que probablemente no llegaría a cumplir los 97, por lo que había decidido transferir todos sus fondos a una fundación que velara porque fuera criogenizado mientras se inventaba la manera de mantenerlo vivo.   Y debía también proteger su dinero, claro está.
            Así pues, arregló todo para que su banco hiciera la transferencia. Él tan sólo tenía que firmar el documento formal de transferencia e indicarle al banco el nombre de la fundación, recién creada por él mismo. Y aprovechando que el banco no cerraba hasta el día 24 inclusive, aprovechó la oportunidad de realizar tan importante trámite. Cómodamente situado frente al funcionario que se encargaría de ésta gestión, se dispuso a declarar a quien daría su dinero, mientras estampaba su firma en los documentos oficiales. Y hete aquí que el tercer infarto lo sorprendió en media frase sin que siquiera se diera cuenta.
-¿Señor?- preguntó el funcionario sin mirarlo, enfocada su vista en la pantalla del computador- Le escucho.
            El viejo Martínez pensaba en los niños Clove. Y se reía. Y no se daba cuenta de que se moría mientras firmaba el documento.
-Los Clove… - dijo tan sólo, intentando armar su último chiste.
            En ese instante, se desplomó en su propia silla.  El funcionario anotó mecánicamente “Familia Clove” como destinataria de la fortuna que Martínez transfería y luego se volvió hacia él.
-¿Señor?- preguntó, de momento sorprendido, pero al instante agregó con una sonrisa indulgente- ¡Vaya, pues, buen momento para quedarse dormido!
            No se extrañó.   Después de todo, Martínez era un hombre viejo.  Y él aún tenía que pensar en sus propios preparativos para la Navidad.
 

FIN

 

 

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