UNA SOMBRA
EN EL HIELO
Hace
unos 15 años escribí esta historia. Estaba sentada en una banca de madera, pensando en
un artículo que hablaba sobre la criogenización o la posibilidad de "mantener"
un cuerpo por mucho tiempo con base en el congelamiento, con el fin de que fuese
"despertado" en un futuro más o menos lejano. Según el artículo era
ciertamente improbable que se pudiera lograr "revivir" a una persona que había
sido congelada, al menos en nuestro tiempo, y que no pasaba de ser simple especulación.
A mí me encantó la idea. Me parecía tentadora. ¿Qué tal si ya
hemos avanzado en la medicina y en la tecnología lo suficiente como para poder revivir un
cuerpo congelado? ¿Qué pasaría si han pasado 100 años desde que la persona se congeló
hasta que pudo ser "revivida"? Al calor de estas ideas, surgió entonces Una
sombra en el hielo, mi primera novela corta de ciencia ficción, que tuvo la suerte de
ser reconocida con un premio de literatura (el Premio Joven Creación de la Editorial
Costa Rica, 1995), y que aún hoy en día disfruto leer.
Corre el año 2195. Un pequeño grupo de
científicos se ha reunido en la Base Polar Claramunt, en el Polo Norte. Han hallado
sorpresivamente una vieja base de exploración científica que yacía olvidada en medio de
los hielos. Se supone que es depositaria de un descubrimiento maravilloso que nunca logró
llegar al mundo, y a la vez, es la tumba oscura de una científica del pasado, un genio,
cuya desaparición se ha contado como uno de los grandes misterios de la historia de la
ciencia. Con el fin de hallar ese extraordinario descubrimiento perdido y a la vez de
descifrar el misterio que envuelve a la mujer perdida, los nuevos visitantes se abocan a
una búsqueda intensa. En el camino, reciben la ayuda inesperada de una persona importante
y a la vez, rodeada de enigmas...
Comentarios adicionales sobre este libro en:
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(Extracto del primer capítulo de Una sombra en el
hielo)
I
BLANCO... BLANCO LUMINOSO...
blanco en el cielo... blanco en la tierra... blancas las nubes y blanco el viento,
gélido, acelerado, cortante... blancos los enormes edificios en la distancia, los abrigos
de oso polar, los hermosos y elegantes vehículos nucleares, que avanzaban con penetrante
seguridad dentro y fuera del hielo. Eduardo Mendizabal cerró los ojos con
insistencia. La luminosidad lo mataba. Tenía tres días de ver blanco por todos
lados y estaba a punto de claudicar. Amaba los descubrimientos, pero más amaba el
paisaje multicolor de su tierra tropical. Y se estremeció. Una nueva
corriente de frío acababa de recorrer su espalda. ¡Diablos con el frío! ¡Frío!
Eduardo pensó sinceramente en abandonar la empresa.
-¡Hey!- exclamó la voz distante de Philippe Beredou a su espalda- ¡Eduardo!
¡Por allí no! ¡Te perderás!
Eduardo se detuvo y abrió los negros
ojos con expresión de fastidio. Entonces desvió sus pasos y tomó de nuevo el camino
correcto. Philippe enseñaba sus dientes blancos (¡Dios! ¡blancos! ¡blancos!) en una
irónica sonrisa.
-Edi- le dijo- De verdad, deberías acostumbrarte un poco a viajar por las heladas
del Norte. Estás tristemente demacrado.
-Así, como un Sol refulgente y cálido, no hay por aquí- masculló Eduardo de mal humor-
No veo cómo podría no estar demacrado.
Philippe se echó a reír.
-Edi, Edi- le dijo- Mira: allí está la Base Polar Claramunt.
¡Nuestro destino! Allí estarás caliente y de buen humor y oirás al interminable doctor
Claravetti hablar sobre las maravillas de las excavaciones del Polo.
Eduardo se encogió de hombros.
Claravetti le tenía absolutamente sin cuidado. Y la Base Claramunt también. Y las
excavaciones. Y Philippe. Y el Polo. Y todo lo que no fuera una cama y una sopa caliente.
Philippe sonreía. Sabía lo que su
compañero estaba sufriendo. Bien, era cierto que Eduardo estaba acostumbrado a los
laboratorios submarinos de las costas de Venezuela y a las excavaciones del subsuelo en la
placa continental de Sudamérica, y a las enormes plantas energéticas de Oriente Medio, y
era cierto, asimismo, que él, Philippe Beredou, era un enamorado de los hielos
escandinavos, de los experimentos en Groenlandia y en el Polo Norte y de alguna que otra
expedición a la Antártida, pero no podía dejar de gozar con ello. ¡Pobre Eduardo! ¡Y
eso que habían llegado en el verano (si es que aquello era verano) del Polo!
Eduardo se detuvo. Frente a él
estaban estaban las grandes rampas de recepción de las naves-carga, que entraban
regularmente a la base, provenientes de los cuatro puntos cardinales, y multitud de
hombres, corriendo de acá para allá, abriendo las puertas a los vehículos de tierra y
coordinando la carga. Las puertas se abrieron en uno de los edificios laterales y un
hombrecillo de gestos efusivos y nerviosos, rostro colorado y optimista se acercó a los
dos jóvenes casi dando saltos de alegría.
-¡Amigos míos!- decía- ¡Jóvenes valores de la ciencia mundial! ¡Cómo me
alegro de que hayan llegado al fin!
Philippe esquivó a tiempo la batida, pero
Eduardo, aturdido por el frío, el hambre, el cansancio y la sorpresa, no se puso a
resguardo, y estuvo a punto de ser violentamente derribado.
-¡Doctor Claravetti!- exclamó- ¡Dios mío!
El Dr. Fabricio Claravetti se irguió en toda
su minúscula estatura y le miró sonriente, mientras el sol se posaba alegremente en sus
blancos cabellos.
-Mi querido jovencito- dijo afectuoso- ¡Cómo me alegro de verte!
Eduardo sonrió, por primera vez en tres
días, mostrando sus simpáticos hoyuelos.
-Doctor Claravetti, usted no cambia- dijo- ¿Pasa algo con la excavación? Apuesto
a que encontró algo.
Claravetti fue más que evidente. Fue
espectacular.
-¡Grandioso! ¡Inconmensurable!- exclamó- Pero vengan, vengan.
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Pasta Suave
Impreso: 74 páginas,
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