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MIS RELATOS

UNA SOMBRA EN EL HIELO

 

isbn9977-23-632-1.jpg (3461 bytes)Hace unos 15 años escribí esta historia. Estaba sentada en una banca de madera, pensando en un artículo que hablaba sobre la criogenización o la posibilidad de "mantener" un cuerpo por mucho tiempo con base en el congelamiento, con el fin de que fuese "despertado" en un futuro más o menos lejano. Según el artículo era ciertamente improbable que se pudiera lograr "revivir" a una persona que había sido congelada, al menos en nuestro tiempo, y que no pasaba de ser simple especulación.

A mí me encantó la idea. Me parecía tentadora. ¿Qué tal si ya hemos avanzado en la medicina y en la tecnología lo suficiente como para poder revivir un cuerpo congelado? ¿Qué pasaría si han pasado 100 años desde que la persona se congeló hasta que pudo ser "revivida"? Al calor de estas ideas, surgió entonces Una sombra en el hielo, mi primera novela corta de ciencia ficción, que tuvo la suerte de ser reconocida con un premio de literatura (el Premio Joven Creación de la Editorial Costa Rica, 1995), y que aún hoy en día disfruto leer.

Corre el año 2195. Un pequeño grupo de científicos se ha reunido en la Base Polar Claramunt, en el Polo Norte. Han hallado sorpresivamente una vieja base de exploración científica que yacía olvidada en medio de los hielos. Se supone que es depositaria de un descubrimiento maravilloso que nunca logró llegar al mundo, y a la vez, es la tumba oscura de una científica del pasado, un genio, cuya desaparición se ha contado como uno de los grandes misterios de la historia de la ciencia. Con el fin de hallar ese extraordinario descubrimiento perdido y a la vez de descifrar el misterio que envuelve a la mujer perdida, los nuevos visitantes se abocan a una búsqueda intensa. En el camino, reciben la ayuda inesperada de una persona importante y a la vez, rodeada de enigmas...

Comentarios adicionales sobre este libro en:

Sedice
Los Espejos de la Rueda

Acantilados de Papel - Mi biblioteca de fantasía (junto a Capitán de Fortuna de Elías Meana)

 

Si quieres leerlo, puedes pedírmelo a admin@lauraquijano.com


(Extracto del primer capítulo de Una sombra en el hielo)

I

BLANCO... BLANCO LUMINOSO... blanco en el cielo... blanco en la tierra... blancas las nubes y blanco el viento, gélido, acelerado, cortante... blancos los enormes edificios en la distancia, los abrigos de oso polar, los hermosos y elegantes vehículos nucleares, que avanzaban con penetrante seguridad dentro y fuera del hielo. Eduardo Mendizabal cerró los ojos con insistencia.  La luminosidad lo mataba. Tenía tres días de ver blanco por todos lados y estaba a punto de claudicar.  Amaba los descubrimientos, pero más amaba el paisaje multicolor de su tierra tropical.  Y se estremeció.  Una nueva corriente de frío acababa de recorrer su espalda.  ¡Diablos con el frío! ¡Frío! Eduardo pensó sinceramente en abandonar la empresa.
-¡Hey!- exclamó la voz distante de Philippe Beredou a su espalda- ¡Eduardo! ¡Por allí no! ¡Te perderás!
        Eduardo se detuvo y abrió los negros ojos con expresión de fastidio. Entonces desvió sus pasos y tomó de nuevo el camino correcto. Philippe enseñaba sus dientes blancos (¡Dios! ¡blancos! ¡blancos!) en una irónica sonrisa.
-Edi- le dijo- De verdad, deberías acostumbrarte un poco a viajar por las heladas del Norte. Estás tristemente demacrado.
-Así, como un Sol refulgente y cálido, no hay por aquí- masculló Eduardo de mal humor- No veo cómo podría no estar demacrado.

        Philippe se echó a reír.
-Edi, Edi- le dijo- Mira: allí está la Base Polar Claramunt. ¡Nuestro destino! Allí estarás caliente y de buen humor y oirás al interminable doctor Claravetti hablar sobre las maravillas de las excavaciones del Polo.
        Eduardo se encogió de hombros. Claravetti le tenía absolutamente sin cuidado. Y la Base Claramunt también. Y las excavaciones. Y Philippe. Y el Polo. Y todo lo que no fuera una cama y una sopa caliente.
        Philippe sonreía. Sabía lo que su compañero estaba sufriendo. Bien, era cierto que Eduardo estaba acostumbrado a los laboratorios submarinos de las costas de Venezuela y a las excavaciones del subsuelo en la placa continental de Sudamérica, y a las enormes plantas energéticas de Oriente Medio, y era cierto, asimismo, que él, Philippe Beredou, era un enamorado de los hielos escandinavos, de los experimentos en Groenlandia y en el Polo Norte y de alguna que otra expedición a la Antártida, pero no podía dejar de gozar con ello. ¡Pobre Eduardo! ¡Y eso que habían llegado en el verano (si es que aquello era verano) del Polo!
        Eduardo se detuvo.  Frente a él estaban estaban las grandes rampas de recepción de las naves-carga, que entraban regularmente a la base, provenientes de los cuatro puntos cardinales, y multitud de hombres, corriendo de acá para allá, abriendo las puertas a los vehículos de tierra y coordinando la carga. Las puertas se abrieron en uno de los edificios laterales y un hombrecillo de gestos efusivos y nerviosos, rostro colorado y optimista se acercó a los dos jóvenes casi dando saltos de alegría.
-¡Amigos míos!- decía- ¡Jóvenes valores de la ciencia mundial! ¡Cómo me alegro de que hayan llegado al fin!
       Philippe esquivó a tiempo la batida, pero Eduardo, aturdido por el frío, el hambre, el cansancio y la sorpresa, no se puso a resguardo, y estuvo a punto de ser violentamente derribado.
-¡Doctor Claravetti!- exclamó- ¡Dios mío!
       El Dr. Fabricio Claravetti se irguió en toda su minúscula estatura y le miró sonriente, mientras el sol se posaba alegremente en sus blancos cabellos.
-Mi querido jovencito- dijo afectuoso- ¡Cómo me alegro de verte!
       Eduardo sonrió, por primera vez en tres días, mostrando sus simpáticos hoyuelos.
-Doctor Claravetti, usted no cambia- dijo- ¿Pasa algo con la excavación? Apuesto a que encontró algo.
       Claravetti fue más que evidente. Fue espectacular.
-¡Grandioso! ¡Inconmensurable!- exclamó- Pero vengan, vengan.

 

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isbn9977-23-632-1.jpg (3461 bytes)Pasta Suave

Impreso: 74 páginas,

 

 

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