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Sueño profundo (I parte)
Relato finalista en el XXI Certamen Alberto Magno de Ciencia Ficción 2009 (UPV, España), y publicado en NGC 3660 (abril, 2010).

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Sasha se sentó de nuevo. No perdería el tiempo en conversaciones inútiles con ambos hombres. Eran egoístas, mantenían sus propias agendas y ella estaba allí como sujeto experimental, con la idea tan solo de que probara un método poco ortodoxo cuando los otros habían fallado, pensamiento que solo logró sumirla en la tristeza.

Mirando a su amigo, sintió sus cinco años de vida oscura, casi vegetativa, volviendo a su mente como una ola de inutilidad y vacío. Perdida su casa, perdido su trabajo, perdidas sus esperanzas, tan solo arrastraba una existencia en un hueco oscuro oculto en una ciudad indiferente… ¿Qué estaba haciendo allí? ¿Era acaso un payasito simpático que tal vez lograra pacificar al león enfurecido, mientras los dueños del circo lo contemplaban con frialdad? ¿Por qué la habían llamado? ¿Para comprobar que su inutilidad era permanente?

Una imagen estalló entonces en su mente como una bomba haciendo explosión. Era una herramienta… simple. Un destornillador eléctrico de los usados en las casas para reparar desperfectos menores.

Sasha cerró los ojos, extrañada. Ahora podía verlo mejor. Un destornillador pequeño, de broca fina, casi perdido entre los dedos de Emanuel. Estaba en una habitación blanca, donde una inmensa pantalla cubría la totalidad de una pared, y otras personas se hallaban en medio.

No, no eran personas. Eran robots. Dos. Y quien manipulaba el destornillador tampoco era Emanuel, sino un robot con el rostro del científico. Estaba abriendo la tapa que cubría una parte de la espalda de otro androide igual a él. Tenía un desperfecto y debía repararlo. Era un daño menor, ocasionado por un accidente doméstico.

El robot trabajaba con eficiente rapidez y precisión envidiable. No sonreía ni manifestaba ninguna otra expresión, lo que no era esperable en él.

¿Ignus Secundus?

Sí, ese era su nombre. El robot dañado era Ignus Primus. Y los otros dos eran Tercius y Quartus, respectivamente.

Sasha se preguntó entonces por qué Primus estaba dañado. ¿Cuál había sido el accidente?

El robot terminó el proceso y Primus fue cerrado de nuevo. Luego, ambos se volvieron hacia los otros dos. Sin que hubiera intercambio de palabras o gestos, los cuatro robots se colocaron al mismo tiempo en el fondo de la habitación, con la mirada al frente y los brazos en los costados.

Entonces una segunda imagen hizo explosión en la mente de Sasha. Era Emanuel, con el rostro congestionado de ira, levantando su taza de café y arrojándola con furia contra Primus. El robot, de pie y de espaldas a él, entretenido con alguna de sus funciones domésticas normales, recibió el golpe en el mismo lugar que Secundus hubo de reparar después. ¿Cuánta ira podía guardar un corazón humano?

Sobresaltada, Sasha sacudió su cabeza y abrió los ojos. Jamás había visto tanta furia en el rostro de Emanuel, en toda su vida. Jamás. ¿Por qué estaba tan iracundo?

Al contemplar de nuevo su rostro, ahora apacible, se preguntó si no habría sido la furia la causante de la explosión de Aventura. ¿Tendría ella alguna gota de responsabilidad? Por un momento tuvo la desagradable sensación de que así era.

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